OPINIÓN

EL RETO CONTEMPORÁNEO DE LA BELLEZA: Enunciar la trascendencia en el tanatorio del simbolismo

07/10/2022

Mi exposición constará de seis partes y un final.

La primera parte se titula “El punto de partida”

¿De dónde parto? Parto de dos hechos, los dos tuvieron lugar en nuestra isla. Primer hecho: Unos muchachos juegan a la pelota ante la iglesia de Son Cladera. En un momento determinado la pelota va en dirección del portal del templo. Dos corren a buscarla. Uno llega primero, y como que voz medio abierta la puerta, acecha. Cuando llega el otro, le dice: ¿Qué es esto? Su compañero le responde. ¿Tú no sabes qué es? Esto es una iglesia. Le responde: ¿Una iglesia?, ¿Qué es una iglesia?

Segundo hecho: Sucedido un día 11 del mes 11, aquí mismo a la Sede, ahora hace un par de años. La Sede quiso tener un detalle con todos quienes acudirían a ver el efecto lumínico del rosetón mayor, el llamado “espectáculo del ocho”. El detalle consistió en un «punto de lectura»: a una cara figuraban las dos fechas del año que se producía el efecto, y a la otra cara había la cita bíblica de Jn 8,12: “Yo somos la luz del mundo”. Al cabo de pocos días se hizo este comentario: la iglesia aprovecha la ocasión de un efecto natural para llevar las aguas a su molino, diciendo que la luz tiene relación con Cristo”. El niño fue incapaz de interpretar un edificio como iglesia. El comentarista no aceptó la referencia de la luz a Cristo.

La segunda parte de la intervención se titula «El drama pastoral»

¿En qué consiste el drama? Consiste en la distancia abismal entre la cultura en la cual los cristianos nos expresamos y la cultura en que aquellos con quien nos relacionamos han sido socializados. Mucho antes que nos pueda separar la fe, nos separa el idioma, y cuando aquí digo “idioma” digo aquello que la lengua alemana quiere decir cuando dice “weltanschauung”: el modo de concebir el mundo y la vida.

Os habla un antiguo profesor del CETEM y el ISUCIR, que ahora es ya emérito, cargado de canas y de años acumulados. ¿Qué le pasa por dentro a este que ahora os habla? Le pasa que, no ignorando que de Dios Nuestro Señor mejor sería callar, sabe que de Dios no es capaz de no hablar. No puedo hablar porque me sobrepasa, y no puedo callarme porque el silencio me consumiría. Es una situación paradójica, ésta de no poder no hablar de Dios. Por una parte, me gustaría ser, en sentido etimológico, in-fante (de infancia): el término proviene de “in” que es prefijo de negación, y de “fari” que significa hablar: frente a Dios, preferiría no hablar, pero, por otra parte, frente a Dios, lejos de la posibilidad de volverme apofático, me siente urgido a ser profético.

El drama pastoral de muchos es ver que sería mejor permanecer niños sin habla de Dios, al tiempo que nos sentimos urgidos a pregonarlo. El drama cultural de nuestra sociedad es tener a disposición tantas puntas de lanza que no lanzan, tanto de símbolos mudos que no hablan.

La tercera parte de la intervención se titula: “El estado de la cuestión”

La cuestión radical, en mi opinión, tiene un nombre concreto: el simbolismo. He leído que la civilización empezó el día que un antropoide vivo puso otro antropoide muerto en el interior de un hoyo, echó un poco de tierra encima el cadáver y encima la tierra levantó una señal visible para saber, de aquel momento en adelante, donde se encontraba uno de sus semejantes que había tenido vida; en aquel momento acabó la época de barbarie y empezó la civilización. Aquella señal, tal vez un pedrusco, se convertía en símbolo: simbolizaba que no todo acababa en la muerte, que el muerto era digno de recuerdo en el territorio de los vivos. La señal era un pedrusco, pero no era el pedrusco que poseía importancia, la mayor importancia la tenía el símbolo otorgado al pedrusco.

Pasaron muchos siglos del primer entierro humano, hasta que Platón escribió “El banquete” y en él el mito de Aristófanes: el hombre originariamente era uno ser con dos rostros y cuatro piernas; como que se sentía excesivamente arrogante, Zeus decidió partirlo en dos mitades. Y desde aquel mismo momento una mitad añora la otra mitad. Es el mismo que decimos de la pareja: cuando las dos medias naranjas de los enamorados se unen se convierten en símbolo de la alianza entre dos sujetos.

Pasaron más siglos hasta que el ejército de España ideó una manera para controlar quién, durante la noche, se acercaba al cuartel y pedía al centinela; ¿Cómo podía saber el centinela que quien pedía pasar era de los suyos y no del bando contrario? Lo sabía si el que pedía sabía jugar al juego del “santo y seña”. El centinela le decía el nombre del santo del día, y quien pedía entrar tenía que decir la contraseña asignada al santo. Si las dos partes coincidían, si el santo y la contraseña se ajustaban, este ajustamiento de las dos partes constituía un símbolo. Esta es la vocación del símbolo: unir una realidad con otra.

¿De dónde viene que denomináramos “símbolo de los apóstoles” al Credo? Viene del momento que los apóstoles reunidos lanzaron fuera de su interior todo el que creían en su interior. Con lo cual, portaron a la realidad el que la etimología de la palabra símbolo expresa. Recordemos los dos términos griegos de la palabra símbolo: el vocablo está compuesto de “sym” que quiere decir “juntos” y “bolos” que significa lanzar: los doce lanzaron juntos su fe.

Reflexionemos: Sin símbolo, qué sería de la poesía, qué del arte, qué de la música de Bach, qué de la liturgia de la Vigilia pascual, qué de la Biblia. Sin símbolo, ¿qué sería de esta catedral? Veríamos su armazón, pero no veríamos su alma, veríamos su piedra, pero no entreveríamos su misterio. Una catedral gótica no acaba donde acaban sus puntas, acaba donde estas puntas apuntan: el infinito, la trascendencia, Dios.

He oído contar que en la Colonia de Artá había un niño que echaba piedras al aire. Pasó un hombre y le dijo: ¿Qué haces, niño? Yo tiro piedras a la luna. ¿Y tú no ves que por muchas que eches, nunca llegarás a la luna? Sí, señor, lo sé, pero mientras tanto soy el niño de la Colonia que más lejos alcanzo. La pretensión del símbolo cristiano coincide con la del niño “colonier”: llegar más lejos.

La cuarta parte tiene por título: La dificultad en la que nos encontramos

¿Qué es la cultura dominante y dominadora del tiempo actual? Entre otros, dos son los rasgos que lo definen bastante acertadamente: la inmediatez y la cosificación.

Se entiende por inmediatez, dicho también presentismo, el modo de pensar y actuar que, para ser tan rápido, ignora las consecuencias, como ignora también toda forma de mediación; un mediador alargaría el tiempo y él no tiene más tiempo que el instante, él desconoce el medio y el largo plazo y, por eso mismo, rehúsa la mediación del símbolo.

El otro gran rasgo de la cultura imperante es la cosificación, dicho también reificación. Consiste al transformar las relaciones sociales y las representaciones mentales en cosas, en objetos. Una persona humana se cosifica cuando se la reduce a mercancía. La famosa estatua mariana de Miquel Àngel en San Pedro del Vaticano se cosifica cuando se la reduce a mármol y se le niega la “pietà”.

A los dos rasgos mencionados, añado dos más, los dos de última generación: la comunicación virtual y la reproducción digital. Twitter puede representar brillantemente la manera actual de comunicar: lo que tenemos para comunicar no disfruta de más espacio que el de 280 caracteres: es la reducción al mínimo del espacio y del tiempo. En el tuit todo se escribe rápidamente para ser olvidado rápidamente. Es el anti-símbolo por antonomasia.

El otro rasgo es el de la reproducción digital. Quién habla ha observado detenidamente la forma de visitar monumentos artísticos. Resulta interesante fijarse en la evolución: por ejemplo, los visitadores de antes, cuando recorrían las capillas, estaban interesados en las referencias de las imágenes: “esta mujer es santa Bàrbara”. Más tarde, el interés se puso en el estilo artístico y los comentarios eran: “es barroca del XVII”. Últimamente, los visitantes no se encuentran interesados ni en el santo que representa, ni en el estilo del artista, sino en la foto que quieren hacer. Y disparan y hacen la foto que queda registrada en la memoria del móvil. Pero, lo que está comprobado es que un tanto por ciento elevado de fotos no es nunca mirado ni siquiera por aquel que las ha hecho. Lo que hace inevitable la conclusión: lo efímero y el olvido pertenecen al disco duro del ordenador de la cultura dominante. La cultura que antes pretendió ser “sapientia” y más tarde se contentó al ser “scientia”, ahora mismo se conforma con ser “algoritmo”.

El hoy ya no es tiempo ni de tesis filosóficas ni de experimentos científicos, es el tiempo del “big data”. Hemos intercambiado simbología por robótica. Hemos conseguido aumentar el número de datos en la misma proporción que hemos conseguido menguar la capacidad de significarlos. Podría acontecer que un sujeto totalmente culturizado desde pequeño en nuestra sociedad supiera ver una tela (un objeto), pero que ya no la relacionara con una bandera, y mucho menos con la identidad de toda una comunidad nacional. Lo que ya ha acontecido es que conciudadanos nuestros que son capaces de ver un palo vertical cruzado por otro horizontal (un objeto) ya no vean una cruz, y mucho menos vean a Cristo en su amor extremo.

La quinta parte tiene por título: La pastoral no es la única víctima del drama

No nos hagamos las víctimas únicas, los cristianos. Un ámbito tan distinto de la religión, como es la del sexo, también sufre igualmente.

Toda la cultura dominante se va rigiendo por el “carpe diem” de las Odas de Horacio que aconseja “aprovecha el día (y confía el menos posible en el mañana)”. Esta consigna tiene vigencia extrema en el campo, tan presente en las redes sociales, de la pornografía, la cual, por no perder el tiempo en preliminares de ternuras, va directamente al “full contact” genital. También en el ámbito de la sexualidad se asiste a la defunción del simbolismo. El «arte” de la seducción se encuentra de facto, actualmente, secuestrado por el «acto» de la copulación. También este ámbito tan básico de la condición humana ha quedado “tocado” por la inmediatez y la cosificación.

¿Es definitiva la época de la defunción del símbolo? Mi presunción es preocupante, pero no desesperante: mientras en el mundo continúe viviendo un poeta, un artista o un creyente, yo no desespero, el símbolo revivirá.

De todas formas, seamos conscientes de los acondicionamientos de cada época. Cuenta Heinrich Heine: “Un amigo me preguntaba por qué no construíamos ahora catedrales como las góticas famosas, y le dije: los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones, nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para construir una catedral gótica se necesita algo más que una opinión”. Yo creo que, actualmente, para entender un símbolo se necesita algo más que estar pendiente de los silbidos constantes de un móvil.

La sexta parte tiene por título: el problema tiene solución

Se trata de averiguar algunas direcciones que nos pueden conducir a la resolución de la problemática expuesta. Formulo nueve propuestas:

Primera: No montemos una cruzada contra el tiempo que vivimos. No nos aplaste la presunción que la filosofía y la teología actuales se encuentren en el peor tiempo de la historia, lamentándonos que la materia no piensa ya en transcenderse. Recordamos que el profeta Habacuc lamentaba que, en el tiempo que vivía, el olivo no hubiera pensado a producir (Ha 3,17). Todas las épocas han tenido su dificultad.

Segunda: No permitamos que se nos acuse de minusvalorar la ciencia. A la ciencia que no damos valor es a la antigua forma del positivismo, la que reduce la realidad a lo fáctico. A estudiosos de la ciencia, como el reconocido Karl Popper, que define la tarea de la ciencia como “investigación sin fin”, los tenemos por muy próximos: el símbolo también remite a un “sin fin”. La ciencia y la religión coinciden: buscan sin cesar. Santo Anselmo, en el Proslogion lo testifica cuando suplica a Dios: “Que te desee… buscándote”.

Tercera: De ninguna forma, dejemos de emplear la rica simbología de nuestro patrimonio cultural. La visión del mundo que aporta el símbolo no es raquítica, es poderosa, tanto que hace posible el milagro de verlo todo en una sola pequeña parte, dando razón al título que dio Urs von Balthasar a uno de sus escritos: “El Todo en el fragmento”. ¿No hemos aprendido a adorar el Todo Dios en el pequeño fragmento de tres kilos quinientos del niño de Belén? El símbolo también es veraz; hace algunos años, la hija de unos veinte años y la madre de cerca de cincuenta visitaron por primera vez Roma, y entrando a la columnata de Bernini, contemplando la gran plaza de San Pedro, la madre dijo: todo lo que ves, hija, es fruto de robos y corrupción, esto es del todo falso. La hija dijo: Madre, es imposible que tanta belleza sea toda falsa. Admitimos que alguien no quiera o no pueda ver belleza, pero no tenemos que admitir que no la haya. El día de la dedicación de esta catedral, el obispo celebrante hizo alusión explícita al “simbolismo inherente” a las piedras que la levantaron. Quien solo en la catedral ve museo, desnuda la catedral de su más pura identidad.

Cuarta: Al querer exprimir la riqueza del símbolo, aprovechamos las aportaciones científicas de los grandes expertos en la interpretación de la realidad. Hans-George Gadamer aporta tres métodos para acceder: el morfológico, el semántico y el hermenéutico; este último, el hermenéutico, nos servirá mucho a la hora de interpretar el mundo de los símbolos.

Quinta: Empleamos la llamada “estética de la sugerencia”. Ponemos el ejemplo de un edificio. Todo edificio se hace visible en todos los ojos. Pero un edificio religioso no solo muestra, también sugiere. Y sugiere tanto, si no más, que lo que muestra. Los incas que en el Perú miraban hacia el sol, nunca negaron el sol, pero en él vislumbraban la divinidad y la adoraban. Entre el gran espacio de la transparencia y el gran espacio de la opacidad, queda el humilde espacio de la insinuación, y este es el espacio abonado por el símbolo.

Sexta: Repesquemos el antiguo oficio que practicaron nuestros antepasados: el oficio del mistagogo. Convirtámonos nosotros hoy mistagogos: en aquellos que “inician” en el misterio a los que aspiran a ser cristianos. El misterio necesita la iniciación, y el símbolo acude a colaborar.

Séptima: Arriesguemos. Atrevámonos a crear nuevos símbolos. ¿Es posible crear, hoy, símbolos? Una de las piezas más estimadas de los mallorquines es el cántico de L’aubada, conocido popularmente como “L’estrella de l´alba”, escrita por Marian Aguiló y musicada por Miquel Tortell. La última de las seis estrofas que tenía la primera versión de 1846, contendía una bellísima evocación, hoy ausente en las versiones que se cantan. Decía: «Càda matí’m mira/una Vèrge Mara,/jò som tàn hermosa/perquè en som semblànsa/Llahors á María,/estrella de s’auba (Cada mañana me mira una Virgen Madre, yo soy tan hermosa porque de ella soy su semejanza. Loores a María, estrella del alba)”. Un paisano nuestro fue capaz de crear un símbolo: Venus, la estrella que al levante despunta, apunta a Maria Santísima, la que nosotros invocamos como “stella matutina”. ¡Atrevámonos a crear símbolos para nuestra generación!

Octava: Queramos así mismo ser humildes, por realistas. El símbolo puede mucho, pero no lo puede todo. Por muy arriba que el símbolo nos lance, nunca llegaremos a ver a Dios de frente. El símbolo tiene la misma limitación de Moisés, quien solo logró ver a Dios de espaldas. Y esto es una limitación, pero yo confeso que no conozco limitación más agraciada.

Novena: Queramos ser coherentes con nuestros nombres, cuando menos con sus raíces etimológicas. ¿No nos gloriamos de ser llamados apóstoles: apóstol proviene de “apo” que significa fuera y de “stello” que significa yo lanzo: ¿no es ésta la función del símbolo? ¿No se nos ha dicho que tenemos que ser profetas? Profeta proviene de “pro phanai” el que habla antes, aquel que pronostica. ¿No nos hemos propuesto, desde Pentecostés de ser entusiastas del anuncio? Entusiasmo, término que en griego contiene la palabra “theos” – Dios-, hace referencia a uno que, poseído por una pasión suprema, aspira a acercarse a la divinidad. ¿No hemos hablado ahora mismo de mistagogo, que indica a quien indica a otro y lo impulsa? Recordémoslo: ni apóstol, ni profeta, ni entusiasta, ni mistagogo se encuentran demasiado lejos de la noción de símbolo. Orgullosos de nuestros nombres, seamos coherentes con ellos.

Final de mi intervención: Dado que, ésta, se está haciendo en el interior de un templo, se me conceda terminar con lo que más se hace en un templo: rezar. Rezaré así: “Dios, belleza tan antigua y tan nueva, tenemos un reto. Queremos de verdad enunciarte en el mundo contemporáneo, pero vivimos como si nos faltara una herramienta que nos hiciera posible el paso del más acá al más allá, del suelo al excelsior, de lo cotidiano a lo sublime. Vuelve a otorgar vida al utensilio que ahora velamos en el tanatorio de difuntos. Nos consta, Señor, que en la antigua revelación sale a relucir una escalera, el Génesis habla de ella; servía para juntar dos polos distantes: por esta escalera los ángeles iban y venían. Necesitamos hoy, Señor, esta escala, la herramienta que posibilite a nuestros coetáneos el acceso a tu trascendencia: necesítame simbolismo. ¡Señor, envíanos la escalera de Jacob! (Gen 28,12). Amén”

LECCIÓN INAUGURAL CETEM
Joan Bauzà y Bauzà. Palma, 5-X-2022

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