En el siglo XIX, Walter Pater afirmó que todas las artes aspiraban a llegar a la condición de la música. A inicios del siglo IX, un monje llamado Nicéforo hablaba del efecto de la música, la más inefable y tal vez la más directa de las artes, intentado de esta manera comparar el efecto de las mejores imágenes sagradas con el efecto de la música.
No me es ajena esa intuición, la proximidad grande entre la música y cualquiera de las otras grandes bellezas producidas por el humano. Igual roba mi emoción la audición de una música exquisita que la contemplación de una pintura sublime. Por poner un ejemplo, igual escucho a Mozart que contemplo a Rublev, tanto monta Amadeus Mozart, monta tanto Andrei Rublev. Igual valoro la música del austríaco que el icono del ruso. Y si debiera concretar más, diría que concedo igualdad estética a la Misa de la coronación del músico que al Icono de la trinidad del pintor. Debe de ser que no se ha concedido a las bellezas la facultad de competir entre sí, sino la de complementarse.
¿Hay algo superior al icono? Sólo la mística. ¿Hay algo superior a la música? Sólo el silencio.

