Parafraseando una canción popular mallorquina, A la Catedral le han echado infinitas floretes (florecillas), de las que presentamos un breve florilegio con indicación de autores. «Una gran flor en el jardín de la humanidad» de Santiago Russinyol. «Un enorme relicario de oro viejo» de Lluís Codet. «Titán de corpulencia pétrea» de Pere Antoni Matheu. «Capricho de piedra» de Baltasar Coll. «Órgano de piedra» de Pierre Lavedan. «Un avión de piedra» de Jorge Luis Borges. «Sublime conjunción de piedra y vuelo» de Manuel R. Fernández Panero. «El arca santa más imponente que pueda existir sobre la tierra» de Santiago Russinyol. «Una gran nave almirante» de Gaspar Melchor de Jovellanos. «Catedral que canta el tedeum» de Costa i Llobera. «Nunca se manifestó el arte gótico tan expresivo» de Gaston Vuillier. «El mayor espacio con la menor cantidad de piedra» de Miquel dels Sants Oliver. «La Catedral gigante tiene portales armoniosos llenos de sombra acogedora y olores solemnes» de Guillem Nadal. «Señora de las aguas que se ha dormido en sueño de Reina en la cuna de la muralla» de Felip Guasp. «Desnudez y autoridad dan al templo majestad y grandeza que impresionan el alma como arrancándola de la tierra y acercándola al cielo» de Àngel Ruiz i Pablo. «Abierta al horizonte de la bahía, el ánimo suspende y extasía» de Joan Alcover. «Hay que mirar la Catedral como se mira una joya: por fuera y por dentro» de Lluís Ripoll. Aunque inacabada, así la vio Anselm Turmeda: «La Seo, noble, excelente.»
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