Nunca he olvidado a mi viejo profesor de filosofía en el momento de pronunciar su gran sentencia: “Saber es saber distinguir”. Una de las tareas hoy más urgentes del educador de hijos o alumnos es la de denunciarles una serie de identificaciones que, con tanta abundancia de consenso como falta de rigor, van configurando la cultura estándar. Aporto ocho.
Una, identificar rápido con eficaz; pues no, una masticación rápida no es identificable con una comida salutífera. Dos, identificar cómodo con útil; pues no, es más cómodo el botellón que la tarea, pero no de más provecho. Tres, identificar “pasarlo bien” con “ser feliz”: pues no, la felicidad no pasa tan veloz. Cuatro, identificar “ahora sé” con “mañana me servirá” en vez de identificar “he aprendido a aprender” con “me servirá en el futuro”. Cinco, identificar “vivir con más” con “vivir bien” ya que no es lo mismo tenencia que goce. Seis, identificar ser bueno con ser tonto; pues no, el bueno puede no ser guerrero, pero no es ciego ni sumiso. Siete, identificar barato con económico; pues, no, por experiencia. Ocho, identificar valentía con no tener miedo; pues no, valiente es quien hace lo que debe hacer a pesar del miedo.

