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La roseta mayor, «ull del gòtic», o «O de la Seu», desde el siglo XIV ha resistido numerosos ataques (tempestad en 1857, rayo en 1906, bomba en 1936), manteniendo el calificativo de «joia arquitectònica» por tres motivos.

El primero, las proporciones del trazado; recordemos el verso del poema que Costa i Llobera dedica a la Seu: «sots la rosa més enorme que ha florit l’art ogival».

El segundo, el rico simbolismo que contiene: ella es, por una parte, la «stella matutina» de la letanía, la estrella que ya asoma al alba, es la primera luz que, como María, anuncia el Sol de justicia que nacerá; y, por otra parte, la roseta es, por su forma circular, símbolo del «unum versus» (uni-versidad), en la cual todas las partes se dirigen hacia el Uno aglutinador, el centro del círculo, indicando que cuanto más cada persona se aproxima al Dios Uno, más próxima se hace a todos los hombres.

El tercer motivo son los juegos formales que, a más de 30 m del suelo, ofrece a quien le dedica una atención serena: el más evidente juego geométrico es la estrella de seis puntas o estrella de David; y después, ir sumando hasta el número 1.115 las piezas de vidrio, y descifrar la trama de nervios de 24 triángulos (12 de ellos equiláteros), anotando los colores amarillo, rojo, azul y verde, y descubrir que las flores son amarillas, pero la central es roja.