Fuimos la primera generación de abuelos que tuvimos que aprender de los nietos: “Toniet, ¿cómo se baja la app del móvil?”. En la edad en que el viejo sabio tocaba decir “te lo explico”, los nietos nos dicen “es que no te enteras, analfabeto”. De niños aprendimos de nuestros mayores, y cuando nosotros nos convertimos en tales, nos cambiaron las reglas del juego.
Fuimos educados por nuestros padres, que nos dedicaron tiempo y cariño. Y cuando tocó a nuestros hijos educar a los suyos, somos nosotros quienes más tiempo y cariñitos dedicamos a las criaturas.
Fuimos la generación que no vimos morir a los abuelos en casa. Y ya pronto supimos que los descendientes renunciarán rápido a nuestro cadáver y hasta es posible que, por obviar impuestos, opten por renunciar a la herencia.
Fuimos creyentes y, sin saber exactamente cómo, nuestros nietos constituyen la primera generación nacida agnóstica en el hogar de sus padres. En la familia todavía tenemos en común las sangres, pero ya no los horizontes.
En agosto de 1965 aprendimos entusiasmados la canción Yesterday del álbum Help. No sabíamos que, sesenta años después, este título constituiría nuestra definición más exacta: somos el puro “fuimos” de un ayer.

