La dama emparedada es Elisabet Safortesa y Gual-Desmur, que, viuda y desconsolada, solicitó al Cabildo la concesión de un reducido rincón incomunicado para pasar en oración el resto de sus días, y donde murió, trece años después, el 16 de noviembre de 1589. La solicitud reiteradamente formulada fue aceptada, según consta en las actas capitulares de 21 de marzo y 7 de abril de 1576. Su estancia estuvo en la fachada marítima, al lado de la capilla del Santísimo. Una vez dentro, inclusa intra parietes, mandó tapiar la puerta por donde había entrado y que se dejase solo una pequeña apertura por donde se le administraría el imprescindible alimento diario, y de parte del interior del templo se le abrió una ventanilla que empleó en las horas de plegaria. Elisabet fue compañera íntima de santa Catalina Tomàs, a quien enseñó las primeras letras. El emparedamiento de personas religiosas con alto sentido de la piedad penitencial fue muy conocido en la Edad Media en muros de catedrales y monasterios, una decisión extrema con graves carencias higiénicas. Constan casos en Astorga, Jaén, Valencia, Córdoba, y los que recogen, en el siglo XVI, las actas capitulares de la catedral de Cuenca. Víctor Hugo describe algunos otros casos en su novela Notre Dame de Paris, de 1831.
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